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jueves, 28 de abril de 2016

Y yo que creía que (19) a mí no me iba a tocar...

   Desde que nos enteramos de que vamos a ser papás, junto con el cúmulo de ilusiones y felicidad, es inevitable que se nos vengan a la cabeza pensamientos negativos sobre todo lo que pudiera ir mal, y nuestro más anhelado deseo es que nuestro bebé nazca sano, aunque sabemos que existe la posibilidad de que no sea así. No quisiera hacer una publicación triste en esta ocasión, ni dar demasiado mal rollo, así que, al menos hoy, no voy a hacer mención de la peor de las suertes, que es perder a nuestro bebé, ni tampoco de que su salud no sea óptima.

   Quisiera centrarme en otras cosas que te pueden tocar en la lotería de la paternidad. Cosas que antes de ser padres pensamos que a nosotros no nos van a pasar, porque no vamos a cometer los mismos "errores" que aquellos a los que les ha pasado. Vamos, un poco un resumen de lo que viene siendo toda la temática de este blog. Y es que muchas veces se nos idealiza tanto la imagen de lo que es un hijo (especialmente un bebé), que los papás primerizos pierden la noción de lo que son “historias para no dormir” (cosas que te pueden pasar, y que no está de más conocer para estar prevenidos, aunque no nos apetezca en absoluto oírlas, pero que son poco probables o poco frecuentes), y cosas que entran perfectamente dentro de la normalidad (y con gran probabilidad nos ocurrirán), pero que no casan con la idea que nos han vendido toda la vida sobre los bebés.

   Por ejemplo, de poco sirve contarle a una embarazada a punto de dar a luz, una historia truculenta sobre lo mal que fue tu parto o el de Menganita, lo mal que se portaron contigo en el hospital, o que tuviste una hemorragia que casi no lo cuentas, o que los médicos cometieron una negligencia que casi acaba con la vida de tu peque. Pero tampoco le vamos a decir que ni se va a enterar de nada, que tendrá en los brazos a su bebé y todo será maravilloso, que un parto es coser y cantar. Lo habitual es que el parto se desarrolle con normalidad, y en ese momento lo mejor es no pensar en que algo se pudiera torcer, sino concentrarnos en la labor de ayudar a nuestra criatura a venir al mundo, que no es poco. Es bueno, sin embargo, conocer de antemano lo que vamos a experimentar, lo que se siente, que nos ayuden a gestionar el dolor y a relajarnos, a respirar, incluso hablar sobre nuestra experiencia con la epidural si la pedimos (la postura que debemos mantener, las respiraciones, el efecto que se nota, etc...), si la madre está pensando recurrir a ella.

   Una vez que tenemos a nuestro peque todos queremos lo que creemos que es normal: que duerma mucho, llore poco, y lo podamos dejar en el carrito o en la cuna e irnos a hacer nuestras cosas, y que si le damos el pecho que lo coja bien a la primera y no nos vuelva a pedir hasta dentro de 3 horas mínimo. Todo lo que se salga de esto ya entra dentro de lo que creemos que son historias de terror que va contando la gente, a la que “les tocan” niños que no duermen, o que no se agarran bien al pecho, o que quieren estar en brazos todo el día, o que comen con más frecuencia, o que lloran mucho. “Algo habrán hecho mal los padres, porque esto no es normal”.


 "Así no era como decían en Pinterest..."


   Aunque sí es verdad que dentro de esto hay casos excepcionales de bebés especialmente demandantes, que literalmente no duermen prácticamente nada en todo el día, que están llenitos de cólicos y no paran de llorar durante meses, no podemos cruzar los dedos y decir “uy, a mí no me va a tocar de esos, el mío será de los normales, de los que duermen mucho y comen lo justo para ir poniendo el peso que el pediatra me diga que es normal”.

   Si estamos conversando con una futura mamá, o una mujer que piensa ser madre en breve o algún día, y yo le comento que es perfectamente normal que los bebés se despierten cada hora por la noche, ¿de qué sirve que tú le cuentes, poniendo cara de "qué exagerada es ésta", que el tuyo era un bendito desde que nació, que le dabas el último biberón a las 11 de la noche y hasta las 7 no se despertaba (a menos que le especifiques que tu suerte ha sido excepcional)? ¿qué pensará que es lo normal? Por supuesto esperará que le toque lo tuyo, y creerá que mi bebé o es que no era normal o que yo hice algo mal, y se propondrá firmemente que a ella no le ocurra, y si decide dar el pecho le echará la culpa de que su bebé no duerma “del tirón” por la noche a la lactancia y le meterá “ayuditas” para descansar (“porque los bebés tienen que dormir del tirón por la noche, que el de Menganita lo hacía”).

   Si nos escondemos para dar el pecho a nuestro bebé ¿qué mensaje le estamos dando a una madre que esté pensando en amamantar al suyo? Que es algo vergonzoso, o demasiado íntimo, que no se puede hacer en cualquier parte, y que tiene que ser fácil o lo dejamos, porque para estar sufriendo mejor dejarlo. ¿Cómo va a saber una madre primeriza la postura más adecuada que favorezca un mejor agarre, facilite a su bebé la succión y minimice los cólicos, si no lo ha visto nunca en otra madre?

   ¿Cómo van a saber las madres recientes que es normal que sus bebés pasen por fases en las que demandarán tomar el pecho con más frecuencia si les decimos que los bebés comen cada 2 ó 3 horas? ¿Cómo van a saber que es normal que en algunos momentos noten sus pechos vacíos y que eso no significa que se hayan quedado sin leche, si nadie les dice aunque no saquen nada por mucho que se estrujen con el sacaleches, el bebé sí que saca?

   Es una responsabilidad conjunta el normalizar que un bebé quiera estar en brazos, porque una futura mamá primeriza probablemente no sepa distinguir si lo que le estás contando te pasó a ti por alguna razón (“quizá tu bebé demandó mucho los brazos porque lo acostumbraste, pero yo al mío ni lo toco, no vaya a ser que luego no me deje hacer nada”), y a ella no tiene por qué pasarle porque no es lo habitual, o bien puede esperar tranquilamente que le suceda porque es lo más natural del mundo. Haced la prueba, cualquier cosa que le contéis a una futura primeriza, que hayáis descubierto que es algo inherente a la maternidad, y que se salga de la imagen dulcificada de bebé Nenuco que nos venden, hará que os mire con gesto de terror, que se santigüe y diga (“¡uy, que no me toque a mí eso”!).

   Y otra de las cosas que deberíamos luchar porque cambiara, es lo referente a los profesionales de la salud. Dejando claro, primero que todo, que en este campo hay también grandísimos profesionales, más que adecuadamente formados, que debieran ser ejemplo para todos los demás. Debería estar terminantemente prohibido que médicos, matronas, pediatras y demás dieran consejos sobre maternidad, crianza y lactancia que se salieran de su formación académica, o al menos señalar que lo que están diciendo es méramente su opinión personal. Y por supuesto refrescar y actualizar sus conocimientos.

   ¿Cómo se puede consentir que todavía haya pediatras que aconsejen dar el pecho 10 minutos en cada pecho cada 3 horas? ¿O matronas que no conozcan la posibilidad de relactar a un bebé que ha sido suplementado, por la razón que sea, con leche de fórmula? (conozco un caso muy cercano de lactancia mixta en el que una matrona le dijo a la mamá que dejara el pecho porque ya nunca iba a tener suficiente leche para su bebé, y por supuesto ella le hizo caso, “¡si era una figura médica! ¡debía saber de lo que hablaba! Lo habría estudiado... no?”). ¿Cómo no está penado por ley que un profesional se ampare en su titulación o puesto para dar consejos sobre temas en los que no está cualificado, mermando con ello la salud de mujeres y niños? ¿Se puede tolerar que se siga haciendo dudar a las madres de la calidad de su leche?

   Y si nos vamos a temas de crianza, ya es de traca. Que un pediatra te pregunte si coges a tu bebé en brazos o si dormís en el mismo cuarto o en la misma cama, y no te pregunte si usáis sistemas de retención adecuados en el coche o si fumáis delante del bebé, es muy fuerte...

   O que a muchos padres se les siga pautando para su bebé la misma introducción de sólidos de hace 30 años, y no se les hable siquiera de la posibilidad de no recurrir a papillas, o que delante de un póster de la OMS que recomienda lactancia exclusiva (materna o artificial) hasta los 6 meses, se les diga a los padres “vamos a meterle ya la papillita con 4 meses, le das los cereales por la noche para que coja peso y duerma mejor”, es de una ignorancia que debería estar perseguida por la justicia.


 "Pero la OMS dice..." "¿A mí que me cuenta señora? Usted haga lo que pone el papelito..."
(Se me ocurre un quiz, buscad errores en el texto, juis juis juis...)


   Todas estas cosas, junto con el testimonio de la Puri y de la Mari a las que les tocaron en suerte “bebés Nenuco”, hacen que las madres, una vez que tienen la tranquilidad de que su hijo esté sano, pasen a preocuparse por cosas que no son para nada preocupantes, y crucen los dedos para que no “les toquen” bebés de esos que lloran, que no comen cada 3 horitas, que no duermen toda la noche, que no quieren estar solitos en la cuna o en el carrito, que están por debajo del percentil 50, etc... vamos, lo que viene siendo un bebé totalmente normal...

martes, 12 de abril de 2016

Y yo que creía que (18) los bebés se entretenían solos

   He decidido separar esta publicación en dos partes, la primera dedicada a bebés, y más adelante me centraré en niños más mayores.

   Debo decir que una vez más la realidad (al menos la mía) me golpeó en todo el jepeto, ya que de nuevo descubrí que, o bien mi peque era especial, o bien los bebés no eran como yo creía.

   Cuando mi Gansi era bebé hacía muy pocas siestas. No era como esos bebés que se ven a veces que duermen y duermen todo el día (vamos, lo que yo pensaba que hacían todos los bebés). Pasaba la mayor parte del tiempo en el pecho o llorando (y yo volviéndome loca intentando averiguar por qué), y el resto de ratitos me la quedaba mirando sin saber qué hacer (“¡oh, no! mira que si llora tanto porque se aburre”). Buscaba información por todas partes sobre qué hacen o qué deben hacer los bebés con x meses, y sobre todo cómo estimularla (“¡oh, no! ¡hay que aprovechar las etapas sensitivas! ¡que si no se desperdicia su potencial!”). La verdad es que me agobiaba bastante, y me preocupaba que se aburriera o que no estuviera recibiendo suficientes estímulos.

   Y a medida que fue creciendo la cosa fue a peor, porque yo creía que los bebés se entretenían solos, que los dejabas primero en la cuna y luego en el parquecito o el corralito con muchos juguetes y ahí les daban las horas y las horas tranquilitos, y si no, les ponías los dibus y tan felices todos. Que haberlos debe de haber bebés así, pero si generalizamos esta imagen nos encontraremos a padres desesperados porque sus hijos “no son normales” (y resulta que son lo más normal del mundo) y que se cuestionan si están haciendo algo mal o deberían forzarlos de alguna manera, dejándoles llorar u obligándolos a quedarse solitos, porque si no, no les dejan hacer nada.

   Lo primero que aprendí (lo que hubiera dado por haberlo aprendido antes), es que cuando los bebés son pequeñitos para ellos todo es un estímulo. Cosas que para nosotros son cotidianas, aburridas y ni siquiera nos llaman la atención, para ellos son algo nuevo y excitante, y simplemente con observar, tocar, sentir, y llevarse a la boca, están aprendiendo.

   Ya a medida que crecen las actividades se van complicando, y en el caso de mi Gansi, descubrí que necesitaba (y aún necesita) muchísima atención, mucho estímulo, mucho juego colaborativo, y una energía que no siempre tengo. De hecho, actualmente nuestro principal problema es que si no se le ocurre un juego y yo no estoy disponible para dedicarle toda mi entera atención y proponerle alguna actividad, especialmente si ese día no podemos salir de casa, enseguida se engancha con la televisión, y es algo que me pone de los nervios, porque si bien cuando era pequeña nunca le llamó la atención, por mucho que le pusiera dibujos, luces y sonidos (ni Baby Einstein ni leches en vinagre), a partir de los 3 años o así empezó a atraerle, y a demandarla. Ahora resulta que le gusta cualquier cosa que echen...

   A lo largo de estos años he ido recopilando actividades que he probado y puesto en práctica con mi peque, algunas me las iba inventando sobre la marcha, otras las sacaba de Internet, y alguna que otra era inspirada en la metodología Montessori. Ante todo quiero decir que sólo son algunas cosas que a mi Gansi le han gustado y entretenido, que no todas son educativas, y que segurísimo que se pueden hacer más y mejor, pero en nuestro caso nos han venido bien.

   Como decía, la cosa se complica y se hace más emocionante a medida que se van haciendo mayores, así que no os sorprendáis si las actividades con bebés os parecen simplonas (recordad que para ellos no lo son).

   Lo dividiré por etapas, más que por edad o meses concretos, ya que no hay que olvidar que los bebés no son relojes y cada uno tiene su ritmo de desarrollo.

   Primera etapa (primeros meses del bebé), cuando todavía no tiene movilidad propia. Como mencionaba antes, cualquier cosa es un estímulo.
   Símplemente observar desde el carrito (¡ojo! se recomienda no llevar a los bebés pequeños de paseo "cara al mundo" puesto que esto los sobreestimula), mecedora, o (más probablemente) desde los brazos de mamá como es su casa, su familia, sus actividades cotidianas, la calle, etc.
   Tocar, desde que aprenden a agarrar con la manita, juguetes, sonajeros, diferentes texturas (duras, blandas, suaves, ásperas...).
   Oir ruidos, nuestra voz, cantarle, hablarle, jugar al cucutrás, bailar con ellos en brazos suavemente...
   Ponerles boca abajo es muy estimulante y les ayuda a adquirir fuerza, pero no hay que tomarlo como una obligación si el bebé no se siente preparado, no le gusta o no le apetece en ese momento. También adquieren fuerza tumbados sobre mamá, y es posible que esto les agrade más que ponerles en el suelo.
   Ofrecerle mordedores con distintas texturas o juguetes que no entrañen peligro que se lleven a la boca.



   Segunda etapa (antes de que anden), ya gatean, se incorporan, se mueven, y si son mayores de 6 meses puede que sea el momento de ir introduciendo alimentación complementaria, y si lo hacemos (correctamente, ojo) directamente con sólidos, mejor.
   Como ya dije cuando hablaba del método Baby Led Weaning, el momento de probar un alimento es un juego y gran un estímulo, las distintas texturas y sabores le atraerán, pero tenemos que estar preparados para el “guarreo” que formarán, y de hecho, cuanto más guarreen más completa será la experiencia para ellos. En el caso de mi Gansi, cuando salíamos estaba más relajada y entretenida cuando tenía algo para comer y guarrear entre las manos (siempre bajo supervisión, por supuesto, pero nos daba algo de margen para comer tranquilos en un restaurante o hablar con alguien un ratito, aunque sin ser pretenciosos).
   Aún le seguirán entreteniendo las actividades anteriores aunque demandarán ya algo más complejo, como juegos más manipulativos (abrir y cerrar, poner y quitar ropa a un muñeco, encajar formas, apilar construcciones...).
   Enseñarles fotos para que reconozcan rostros familiares también les suele gustar, y si ya empiezan a chapurrear palabras al menos podrán reconocer a papá y mamá. Pero ojocuidao de no dejarles ese álbum que tenemos como oro en paño, porque a esa edad quieren y deben tocar mucho.


 Baby led "guarring"


   Tercera etapa (ya andan o comienzan a hacerlo).
   Si la movilidad es algo nuevo para ellos, ya con esto tienen estímulo para rato si se les permite ejercerlo con libertad (reitero, supervisados y alejando cualquier cosa que pudiera suponer peligro para ellos), mejor descalzos y a ser posible, en la naturaleza (parque, césped, arena de playa...).
   Igualmente seguir con las actividades anteriores hasta que veamos que ya no les interesan.
  Practicar también sus nuevas habilidades lingüísticas enseñándoles palabras nuevas, preferentemente asociadas a imágenes sencillas.
   Ya nuestro peque se va haciendo mayor, y podemos ir echando mano de juguetes más complejos, pero sin olvidar que para ellos las cosas y objetos cotidianos también son juguetes. Por ejemplo, a veces mi Gansi me dejaba doblar ropa si la cubría con una lluvia de prendas recién lavadas y la dejaba ir poniéndoselas sobre la cabeza o intentando doblarlas (practicando así juegos de imitación).
   Los juguetes para simular tareas domésticas siempre me parecieron un horror, y los veía sexistas, como que su fin fuera preparar a las niñas para ser futuras amas de casa, pero más adelante los vi prácticos, ya que, tanto a niños como a niñas les gusta imitar, y a veces mi Gansi me dejaba planchar si le ponía a mi lado una planchita de juguete y le dejaba algunas prendas para que me imitara. También en ocasiones me consentía limpiar un poco el polvo si le dejaba un pañito para que lo fuera pasando por donde quisiera, o incluso un plumero (si tiene colores o plumitas parecidas a las de verdad, más divertido para ellos).
   También podemos empezar a ayudarles a desarrollar sus habilidades artísticas, pintando con los dedos (se pueden encontrar recetas de pinturas comestibles) o modelando plastilina casera (también comestible).




   Como decía, más adelante las actividades se diversificarán y se harán más complejas. Es importante estar tranquilos y no tratar de agobiar o sobreestimular a nuestros peques, ni imponerles juegos para los que aún no están preparados o que no les apetecen en ese momento. El mejor juguete para nuestros hijos somos nosotros, nuestra compañía, nuestras cosquillas, nuestros paseos a caballito, nuestros cuentos, canciones y nanas.
   
   A veces lo simple es mejor que muchos de esos juguetes modernos con luces y sonidos estridentes (por supuesto que prefieren jugar con la caja), y no temer ser repetitivos o poco imaginativos (esto ha sido muchas veces mi cruz), supervisándoles y asegurando que no corran peligro, y mucha mucha naturaleza si nos lo podemos permitir.

jueves, 21 de enero de 2016

Y yo que creía que (17) ponerle los pendientes a mi peque no iba a ser "na"

   Siempre he procurado mantenerme en el mayor de los anonimatos posibles. No digo mi verdadero nombre, no publico fotos mías ni de mi peque, y cuando hablo de mi Gansi lo hago en tono neutral, ni siquiera he mencionado si era niño o niña.

   Lo hago así porque es la elección personal que he tomado, porque este anonimato me ayuda a abrir mi corazón y contar mis experiencias y opiniones lo más sincera y honestamente posible. Es lo que a mí me funciona y con lo que me siento cómoda. Por supuesto que respeto a quien lo haga de forma diferente, porque creo que cada uno es dueño de su intimidad y tiene derecho a decidir qué cuenta, hasta dónde cuenta y a quién se lo cuenta. Y yo hasta ahora he decidido hacerlo así.

   Pero para la siguiente entrada necesito desvelar que mi Gansi es niña, y desde que supe que iba a serlo no dudé ni un segundo que iba a llevar pendientes. No dudé, claro, hasta el mismo instante en que se los fui a poner.




   En este país es algo totalmente normal que las niñas desde bebés lleven pendientes, y así lo había visto yo siempre. De hecho muchas veces para reconocer si un bebé es niño o niña en lo primero que nos fijamos es en si lleva pendientitos. Ni nos paramos a pensar que en otros países, con culturas muy similares a la nuestra, esto es una aberración tan grande como ponerle a tu bebé un piercing en la nariz. De hecho, un pendiente aunque sea en la oreja es un piercing al fin y al cabo.

   Hay muchas mujeres que no llevan pendientes o que deciden no ponérselos a sus hijas, y lo curioso es que aquí esto sea lo raro cuando en otros países te podrían hasta quitar la custodia por ocurrírsete perforarle las orejas a tu bebé.

   Así que si vas a tener una niña, quizá te apetezca hacer una reflexión. Yo te cuento mi experiencia, y luego tú decides.

   Como decía, yo lo tenía clarísimo. Niña = pendientes, ni me planteaba otra cosa. Pero... ¿cuándo y dónde ponérselos?

   Hay opiniones para todos los gustos. Algunos se los ponen nada más nacer o a los pocos días, en el centro de salud o en una farmacia (no, no hay que ir a un garito de tatuajes), y otros aconsejan esperar un mes al menos. Por un lado, cuanto más pequeñas son nuestras nenas, más tierno está el lóbulo, supuestamente menos vascularizado, y menos les duele, desde luego parece que se quejan menos. Por otro lado, al esperar un mes el lóbulo ha crecido y puede que haya cambiado un poco de forma, con lo cuál si esperamos nos arriesgamos menos a que les puedan quedar torcidos.

   Pues bien, creyéndonos perfectamente informados, tomamos la decisión de esperar al menos un mes y llevamos a nuestra Gansi a una farmacia especialmente recomendada en la que supuestamente eran expertos y te hacían un trabajo fino filipino.

   Inocente de mí, pensé que mi peque apenas se enteraría, o sería un momento, como una inyección, y en un rato estaríamos en casa. Pero fue una de las experiencias más traumáticas de mi vida. Mi peque lloró muchísimo con el primer agujero, tanto que a punto estuve de decir que no le hicieran el otro. Me sentí horriblemente mal, como si la estuviera traicionando. Ella confiaba en mí, yo era su seguridad, se suponía que debía protegerla, y la había llevado conscientemente a un sitio donde le estaban haciendo mucho daño sólo por vanidad.

   Pero ahí no queda todo. Después de esperar un mes para que no le fueran a quedar los pendientitos torcidos, e ir al sitio recomendado chachi piruli, ¿adivináis qué? ¡Le quedaron torcidos!

   Así que me vi en la disyuntiva de dejar a mi peque con los pendientes torcidos de por vida (y se notaba bastante), o hacerla pasar por el calvario otra vez. Fue una decisión muy dura. Era como un castigo, ahora me iba a tocar vivir la pesadilla dos veces, y mi pobre peque lo iba a pagar.

   En efecto, le quitamos el pendientito más torcido, le dejamos unos días para que se cerrara bien (no tardó y quedó perfecto, ni una señal, eso sí), y la volvimos a someter a esa tortura.

   Me quedé tan traumatizada que deseé que si alguna vez tenía otro bebé no querría que fuera niña sólo para no tener que tomar la decisión de si ponerle pendientes o no.

   No creo que mi peque recuerde nada, aunque no puedo asegurar que no haya quedado nada raro rondando por su subsconsciente, y ahora es una feliz niña con pendientitos para demostrarlo. Ya la puedo rapar y vestirla con un chándal de las tortugas ninja que nadie va a cuestionar que es una niña.

   Y por si fuera poco todo esto, una vez pasado el mal rato les toca a los papás llevarse unos días ejerciendo los cuidados pertinentes a la orejita de la nena: asegurarse de que esté limpia y no se infecte, darle vueltecitas al pendiente para que no se encarne (a mi peque esto le molestaba bastante y me empujaba la mano con su manita), y algunos recomiendan que la madre le frote los dedos mojados en su saliva en ayunas en el lóbulo.

   Por cierto, si necesitas aún más datos a considerar para tomar tu decisión, déjame decirte que si no quieres gastar mucho puedes ponerle a tu nena pendientes de poca calidad por menos de 5 euros (los hay monísimos, de muñequitos de todos los colores), aunque te arriesgas a que puedan causarle dolorosas infecciones. Mi peque tuvo una, y se suponía que eran pendientes buenecitos los que llevaba por entonces Desde luego, cuando ves la orejita de tu bebé hinchada, enrojecida y chorreando pus (literalmente), dejas de escatimar. Los pendientes de plata, y sobre todo de oro (que son los que más se les pone al final) cuestan una pasta gansa, y te duele el riñón cada vez que los pierden, y hay niñas (como la mía) que tienden a perderlos mucho, sobre todo los primeros años de vida.

   Y para terminar, aquí os dejo unos enlaces interesantes para completar la reflexión:



También vale así ¿no?


jueves, 12 de marzo de 2015

Y yo que creia que (16) a mí no me afectaría eso de la depresión postparto

   Yo creía que la depresión postparto era algo que sólo afectaba esporádicamente a algunas mujeres, incluso dudaba de su existencia, pero descubrí que es algo real, aunque se puede vivir de diferente manera y en diferente grado, de modo que hay mujeres que sólo experimentan cierta tristeza o “baby blues”, o hipersensibilidad, otras apenas nada, y otras una depresión auténtica, siendo su duración también variable.


 Imagen de mamadre.com
   
   No se sabe a ciencia cierta por qué ocurre, pero si se conocen algunos de sus componentes o posibles desencadenantes. El principal de ellos, por supuesto, es ese batido de hormonas que se nos forma después de tener a nuestros bebés.

   Lo que se siente, principalmente, es tristeza, agotamiento, cambios de humor, sensibilidad e incluso ansiedad.

   “¡Pero eso a mí no me va a pasar! El vínculo con mi bebé es muy fuerte, es un bebé tremendamente deseado y sueño con el día en que por fin tenga su tierno cuerpecito entre mis brazos. Será tanto el amor que desprenderé por los poros que no habrá depresión que valga”... ay Gansa premamá...

   Cada día que pasa tengo más claro que un factor increíblemente influyente en el grado en que se manifiesta la depresión postparto es esa falsa expectativa que se nos crea a las futuras mamás primerizas y que luego nos golpea la realidad en la cara, de forma que vemos a nuestro anhelado bebé como un extraño que ha aparecido en nuestra vida. También afecta ese sentimiento absurdo de que tenemos que poder con todo (yo me veía dando el pecho a mi bebé mientras estudiaba y con una mano pasaba el plumero... no problem!), y no pedir ayuda, porque para eso hemos decidido ser madres, y esto no puede estar más lejos de la realidad.


 "¡Si está chupao!"

  

   ¿Cómo no iba a estar triste?, ¿cómo no iba a estar estresada?, ¿cómo no iba a estar agotada?

  Creo que el hecho de que mi bebé fuera tan demandante fue un regalo, una durísima lección de cómo debería vivirse la maternidad, y de las necesidades reales de un recién nacido, que yo hasta entonces creía que eran sólo alimentarles cada 3 ó 4 horas, bañarlos y cambiarles el pañal.

   Pero antes de que me diera cuenta de mi error conceptual, me sentía terriblemente mala madre. ¿Qué estaba haciendo mal? ¿Por qué mi bebé no era “como debía ser”? ¿Por qué no dormía entre toma y toma? ¿Por qué lloraba tanto? ¿Por qué no quería estar en su cuna o en el carrito? ¿Por qué se me acumulaban tanto las faenas de la casa? Pues menuda inútil estaría hecha...


 Esta tranquila estampa se repetía en mi casa una vez cada jamás nunca



   “Ya está, no valgo para esto, mi pobre bebé estaría mejor con cualquier otra persona que supiese cuidarle como necesita”. Estaba tan agotadísima después de horas de llanto inconsolable, de no poder ducharme ni salir de casa, casi ni comer, y no dormir más que microsiestas de 5 minutos durante semanas, que quería morir (literalmente), pensaba que lo mejor era quitarme de enmedio y que a mi bebé lo cuidara alguien que supiera. Si acabas de tener un bebé y alguno de estos pensamientos aparece por tu cabeza, o referentes a hacerte daño a ti misma o hacérselo a tu bebé, como estrellarlo contra la pared para que al fin deje de llorar (sé lo fuerte que suena, y lo desesperada que una tiene que estar para tan siquiera pensar algo parecido), tienes depresión postparto y NECESITAS AYUDA URGENTE.

   Y no, no estás sola ni deberías estarlo, ni eres un bicho raro.

   Lo primero que tenemos que hacer para minimizar los efectos de este cóctel hormonal que nos dejan el embarazo y el parto es ser conscientes de ello. Tener presente que nuestro sabio cuerpo acaba de realizar una proeza como es crear una vida, y que se merece un descanso.

   La mujer puerpera se merece que la cuiden, que la mimen, poder tumbarse con su bebé las horas que sean necesarias y no tener que estar pendiente de preparar comidas, poner lavadoras o limpiar el polvo. Y el niño recién nacido (que también ha trabajado lo suyo para venir al mundo) necesita irse acostumbrando gradualmente a su nueva vida. El periodo de exterogestación (los 9 primeros meses de vida del bebé) debería estar mucho más reconocido.

   Si nos fijamos en las mujeres de antaño, esas que eran el pilar de familias súper numerosas, era frecuente que cuando fueran a dar a luz estuvieran asistidas por madres, hermanas, cuñadas (ya que la relación con la familia era muy cercana y las casas siempre solían estar llenas de vida), vecinas, primas, y las hijas mayores si las había ya. Durante un tiempo, la madre sólo se dedicaba a su criatura, y no faltaba quien se ocupara de todo lo demás. Tengo parientes en el pueblo que son muy tradicionales, y una de ellas, como es vieja costumbre, se fue a vivir a casa de su madre durante los 2 primeros años de vida de sus hijos, que tuvo muy seguidos uno del otro.

   Y es que eso de una mujer sola encargada de cuidar a los niños (“ni siquiera hace falta que el padre se implique lo más mínimo... ¡ya me encargo yo!”), hacer las faenas domésticas (“mi casa resplandeciente, la comida todos los días a su hora y la ropita limpia y planchadita”), no descuidarse y estar súper monísima, y encima trabajar fuera de casa (“claro, que también tengo derecho”), no se ha visto jamás ni en ninguna parte más que en ciertos países desarrollados y en los tiempos que corren, y es lo más lejos de la igualdad que podemos estar. No amiga, hacerlo todo tú y encima trabajar fuera de casa no es igualdad.

   Y hasta tal punto tenía yo la idea arraigada de que mi deber era poder con todo esto y con más (porque además conocía, o creía conocer ejemplos cercanos de mujeres que así lo hacían), que al ver que todo mi tiempo y mi energía era absorbido por mi bebé, me sentía un fracaso.

   Lo raro era que no me hubiera deprimido. Qué distinto hubiera sido todo de haber cogido a mi bebé en brazos sin sentirme culpable por ello (porque se fuera a malacostumbrar, que tenía que estar en el carrito y dormir en la cuna), de haber sabido que no tenía poca leche y que era normal que mi bebé pidiera de comer con tanta frecuencia algunas veces, de haber empezado antes a dormir con mi bebé y no tener que interrumpir mi sueño constantemente durante la noche, levantarme y estar aproximadamente 40-50 minutos esperando que se volviera a dormir, regresar a mi cama y acostarme aterrada de que empezara a llorar de nuevo justo cuando me rendía el sueño, con el corazón sobresaltado en cada suspiro o quejido. Qué diferente hubiera sido todo si me hubiera permitido descansar más, si no me hubiera sentido fracasada y humillada por tener que pedir ayuda, si hubiera escuchado más a mi cuerpo y a mi instinto...

sábado, 28 de febrero de 2015

Y yo que creía que (15) a los bebés y a los niños había que bañarlos todos los días

   Cuando acababa de tener a mi Gansi estaba convencida de que a los bebés y a los niños había que bañarlos todos los días. Me parecía algo indiscutible, algo necesario para establecer las rutinas. Todos los días, a las 8, la hora del baño.

   Pues lo primero que aprendí es que los horarios y las rutinas es algo que hay que ir implantando en los niños gradualmente y a medida que cada uno va estando preparado para ello. Los bebés recién nacidos no pueden tener horarios, por lo menos mi bebé no.

   ¿Vas a bañar a un bebé “para que se relaje” a las 8 de la tarde, ponerle el pijamita, darle de comer y esperar que se duerma? Por lo menos en mi caso esto no servía y no tardé en averiguarlo.

   Quien ha tenido un bebé con cólicos (pero de los de verdad) sabe que las tardes son lo peor. En mi caso era llegar las 6-7 de la tarde y entrarle a mi Gansi un llanto repentino y absolutamente inconsolable, y eso que probamos de todo. Bañar a un bebé que llora, grita y se retuerce como si tuviera fuego por dentro era de todo menos relajante, y yo lo hacía porque creía que era obligatorio.

  Y si por casualidad se dormía sobre las 8 menos cuarto (de puro agotamiento tras llorar), lo que menos me apetecía era hacer cualquier cosa que perturbara su sueño y su descanso, que en el caso de mi Gansi era el más mínimo roce. Mi peque no ha sido nunca de esos bebés que les haces de todo mientras duermen y no se despiertan (ni siquiera estoy segura de que estos bebés existan), esos bebés que cuando duermen les cambias el pañal o les vistes e incluso les bañas y ni se coscan. Por supuesto si se me ocurría seguir adelante con la hora del baño el drama estaba garantizado.


 "¿A tí te parece que me estoy relajando?"

   Entonces ¿para qué bañar a mi bebé? ¿Para que se relajara y se durmiera? Pero si no se relajaba lo más mínimo, y a veces ya se había dormido. En niños ya más grandecitos el baño ya sí puede ser parte del ritual que indica que se acerca la hora de dormir, pero los bebés, especialmente los de alta demanda, duermen en fracciones de mini siestas de duración y horario indeterminados.

   Sólo quedaba un motivo: la higiene. Pero ¿se había ensuciado mi peque? Si la última vez que se hizo pis y caca le lavé el culito con agua (sobre todo cuando empecé a dejar de usar toallitas, por sus problemas de piel delicada, que ya explicaré otro día), si aún huele a jabón y colonia, si no ha sudado. ¿De verdad era tan necesario el baño? ¿Tanto compensaba darle el sofocón o perturbar el sueño que tanto le había costado conciliar?

   Pues resulta que no, que no hay razón (desde el punto de vista higiénico) para bañar a un bebé o a un niño pequeño todos los días, y mucho menos a una hora determinada. En el caso de los niños pequeñitos, basta hacerlo en días alternos (a no ser que haya algún percance y estén cubiertos de mugre de algún tipo), y en el caso de los bebés, cada 3 o 4 días es más que suficiente, a no ser que tengan alguno de esos momentos “explosión de caca” en los que de repente te encuentras a tu bebé literalmente de caca hasta el cuello.

   Y si no me crees prueba y verás. Ya me hubiera gustado a mí saber estas cosas antes, pero por un lado mi mente estaba cuadriculada con ideas preconcebidas, y por otro, todas esas “visitas postparto” se marchaban “porque ya llegaba la hora del baño” (reafirmando mis convicciones) o insistían en quedarse a participar del precioso momento, y por supuesto después de la primera vez ya no volvían, porque aquello de precioso no tenía nada, eso era una tortura para madre y bebé, y dicho sea de paso, para los tímpanos de cualquiera en 500 metros a la redonda.

   Lo ideal, sobre todo para un bebé pequeñito, es aprovechar un momento en que estén de buenas. En algunos bebés será casi todo el tiempo, y en otros prácticamente nunca. Y sea la hora que sea meterlos con suavidad en agua calentita, utilizando un jabón muy suave, o nada de jabón, haciendo que ese momento sea lo más parecido a una regresión a su estado uterino.

   Algo muy útil para ello son las bañeritas tipo “tummy tub”, de las que yo solía burlarme cuando era Gansa Premamá, porque me parecía que se habían inventado la mejor excusa para vender un simple barreño a precio de oro, y que yo no metía a mi peque en un cubo.


 Basta sujetarles la barbilla para que no bajen la cabeza


   La verdad es que uno de los inconvenientes de este tipo de bañeritas es que no duran mucho. No pasa mucho tiempo antes de que tu bebé ya no quepa ahí, sobre todo si tienes un bebé grandote (a mi Gansi ya le habría servido de sombrero en 3 o 4 meses), pero antes de esto contribuyen a hacer del baño una experiencia de lo más agradable.

    Y es que de eso es de lo que se trata, de que el baño sea agradable y relajante, no una obligación que hace que todos pasen un mal rato. Porque, especialmente cuando los bebés son pequeños, no contribuye a que asocien que se duerme por la noche, por lo menos en mi caso no fue así en absoluto.

    Es más, en el caso de bebés y niños con piel delicada, el baño diario puede ser contraproducente. De hecho, una de las cosas que más hizo mejorar la piel de mi Gansi (más de los cientos de euros que me gasté en cremas varias) fue el cambiar el baño de diario a días alternos.

  No digo que no se lave a los niños, más aún si se nota que les hace falta, sólo que no hay por qué hacerlo a diario, pudiendo ser incluso perjudicial en determinados casos. Los expertos dicen que incluso aumenta el riesgo de enfermedades e infecciones cutáneas (¿cómo te quedas?). Tampoco vas a lavar a tu peque una vez al mes porque no le guste bañarse, que hay muchísimos niños que odian el momento del baño por más que les cantes y les llenes la bañera de patitos, pero por lo menos no les das el disgusto todos los días.



"Pues aquí se está de lujo..."

domingo, 8 de febrero de 2015

Yyo que creía que (14) iba a ser la alumna más aventajada de Super Nanny


   Cuando yo era Gansa Premamá veía el programa de Super Nanny sin perderme un sólo episodio. Prefería la versión española, la verdad, la inglesa me parecía ya demasiado heavy con aquello del rincón de pensar. Creía que podría utilizarlo como la mejor guía para responder a todas las dudas y todos los problemas que me fuera encontrando en la crianza de mi peque.

   A veces me horrorizaba viendo el comportamiento de esos niños y rezaba para que no me saliera uno igual. “¡Que no me toque uno de esos maleducados, que gritan, escupen, dicen palabrotas, son caprichosos, déspotas, egoístas, tiranos, pegan, tienen rabietas y desobedecen! Los niños normales no hacen ninguna de esas cosas...”

   Según mi madre, yo fui un bebé-nenuco y una “niña modélica”, cuya presencia ni se sentía. “¡Como tiene que ser!” Y mi peque iba a ser también así, por supuesto, y si no lo era, es porque habría que corregirle.

   Me sabía todas las técnicas. Cómo hacer que se coman toda la comida, ignorarlos mientras lloran hasta que se calmen por sí mismos y hagan lo que se les ha pedido, los pósters de normas, el sistema de premios y castigos... Y pensaba ponerlo todo en práctica, vamos, que la propia Super Nanny se sentiría orgullosa. “¡Buah! A mi peque le voy a dejar las cosas bien claritas desde un principio, si señor”.

 
"¿Que se oye como llorar un niño? No sé de qué me hablas Puri..."

 
   Y entonces... ¿qué pasó? Pues que llegó mi Gansi...

   Fue mirar a mi peque a los ojos, sentir su llanto atavesarme hasta los huesos, su calor cerca de mi cuerpo, y empezar a mirar estos programas con otros ojos.

   Con todos mis respetos a quien le guste y le encante, lo comparta y ponga las técnicas en práctica, sólo voy a contar mi experiencia personal, y es que en mi caso yo sentí que para mí y para mi peque todo aquello no iba a funcionar.

   Es increíble cómo cambiaron mis sentimientos. Ahora era incapaz de ver el programa sin que se me hiciera un nudo en el estómago cada vez que veía a esos niños llorar suplicando la atención de su madre, y eso que antes pensaba (bol de palomitas en mano): “Ala, a llorar, que cuanto más lloras menos meas, cuando te calmes ya te atenderán, a ver si te suavizas un poco y obedeces”.

   No tenía ni idea de lo que eran los métodos conductistas de crianza educación, no me había parado a pensar que eso de dar un premio, que antes me parecía una alternativa ideal a los castigos, también podría ser contraproducente, ya que así los niños aprenden a hacer las cosas no porque deban hacerlas (por la consecuencia natural que conllevan) sino por temor a un castigo o porque le van a dar un premio (que normalmente no tiene relación con aquello que van a hacer, no es la consecuencia de “hacer las cosas bien”), y si no se lo dan, no lo hacen.

   Me di cuenta de que de todas las técnicas que usaban en el programa, la que mejor funcionaba, y la única que compartía ahora, es que a los padres se les imponía que tenían que pasar un rato diario jugando con sus hijos. Ya sólo por esto el comportamiento de los niños cambiaba, y los padres se volvían más empáticos, sabían escuchar mejor a sus hijos y entender sus necesidades.

   Me llamaba tremendamente la atención la forma en que etiquetaban a los niños desde el comienzo del programa: “Fulanito es desobediente, egoísta, cabezota...”, y ni siquiera se molestaban en buscar una explicación para su comportamiento, sólo decían: “frénalo ya, o tendrás que llamar al de Hermano Mayor” o “como consientas esto ahora, luego ya verás...”.

   Gestionar una rabieta no es nada fácil para los padres, no hay fórmulas mágicas, lo que un día te funciona al siguiente ya no, y lo que para una persona es mano de santo para otra no surte efecto alguno. Así que respeto lo que cada padre haga en su casa, que seguramente sea lo que vea que le funciona. Únicamente, en mi caso, no comparto los métodos violentos, y tampoco creo que se deba dejar a los niños llorar para que se calmen solos, aunque más de una vez me ha tentado la desesperación el decirle a mi Gansi: “Anda, llora un ratito, que llevas un tonteo en lo alto que ya no sé qué más hacer contigo”.

  Que nada funciona igual para todos lo terminé de aprender viendo con mi peque la serie de dibujos de Caillou. Al principio pensaba: “¡qué buenos padres tiene este niño! ¡qué buenas salidas tienen para todo!”. Ahora pienso que algunas veces se les ve yendo demasiado a su bola, hay cosas que yo no haría igual y estoy segura de que en más de una ocasión, mi peque no respondería igual que Caillou, ni funcionaría lo que para él funciona, porque ni mi peque es Caillou ni nosotros somos los padres de Caillou, ni tenemos por qué serlo. Somos nuestra familia y nuestra vida en particular.




   Yo que creía que había encontrado el Santo Grial de la crianza, el manual universal y definitivo para los padres, y lo que aprendí es que cada niño es distinto, cada familia y cada circunstancia es especial, y por desgracia no existen manuales para criar a un niño que sirvan en todos los casos y para todo el mundo.

   “Entonces... ¿no hay ningún sitio que yo pueda consultar cuando no sepa lo que hacer con mi peque?”. ¡Claro que se puede buscar consejo! En otras personas, en Internet, en los libros, en la tele, ¡hasta en los dibujos animados, ya ves! Tú eliges si te gustan y te inspiran los métodos de los padres de Caillou o los de la madre de Shin Chan... Pero lo más importante es escuchar tu instinto, que te sientas bien con lo que finalmente hagas, que sientas que es lo correcto, que es lo que más se ajusta a tu forma de crianza.

domingo, 7 de septiembre de 2014

Y yo que creía que (13) era una persona tranquila y paciente




   Por lo general soy una persona extremadamente paciente. Pocas personas son capaces de sacarme de mis casillas y en momentos muy especiales. Además, mantengo bien la calma en situaciones adversas. Por eso pensaba que cuando fuera madre yo no iba a ser de esas que pierden los nervios con sus hijos, que les gritan, que les pegan, que no les dan ni una explicación, que les fuerzan a hacer su voluntad.


   “No, a mí no, mi peque no me hará perder la paciencia. Todo se puede resolver sin recurrir a la violencia .Yo siempre voy a mantener la calma”


   Ya te digo yo, Gansa Premamá, que por muy santa y paciente que seas, los niños son niños, es lo que les toca, y más tarde o más temprano te vas a encontrar con una situación que te supera, que no has experimentado antes, que ni siquiera te imaginabas que te podía pasar a ti, sobre la que no has leído (tanto como te has informado) o aún habiendo leído sobre ello no sucede como pensabas.


   He aprendido que incluso las personas más tranquilas y pacientes se ven desbordadas a veces, se quedan sin recursos y les puede la impotencia de no saber cómo actuar ante una situación que está escapando a su control.


   En esas ocasiones he sentido que, cuando mi razón se quedaba sin argumentos, era el momento en el que tomaba el mando mi lado animal e irracional, y mi mente tan “chill out” se llenaba de pensamientos violentos. Y oía muy a lo lejos una vocecilla que me decía: “¡Espera! Tiene que haber otra forma de resolver esto, piensa rápido, pero mantén la calma”.


   Parándome a analizar qué situaciones han sido las que me han hecho perder los nervios, me he dado cuenta de que casi siempre tienen en común que suceden en momentos de prisas. Los adultos muchas veces vivimos a un ritmo demasiado acelerado, y muy condicionados por el reloj. Creo que he perdido la cuenta de las veces que le habré dicho a mi Gansi “Venga, que vamos a llegar tarde”.


   Pero los niños no entienden de relojes, no comprenden por qué tienen que dejar de hacer algo que les gusta e irse a otro lugar, no están preparados para asumir el concepto de “deber”. Eso de tener que hacer algo, aunque no nos apetezca nada, o aunque prefiriésemos hacer otra cosa en su lugar en ese momento, no va con ellos.


   A mi Gansi le supone un esfuerzo tremendo tener que vestirse cuando se está tan a gusto en pijama, bañarse por higiene, si no percibe su suciedad, despertarse cuando aún tiene sueño, desayunar/comer/merendar cuando todavía no le apetece porque después ya no será la hora para eso, y un larguísimo etcétera.


   Y claro, todo lo que suponga confrontación entre lo que quieren los padres y lo que quieren los hijos, tiene el peligro de terminar en rabieta. Y hay veces que hay tiempo de gestionar la rabieta con amor, evitarla, negociar incluso, y otras veces la presión del reloj puede conmigo, o simplemente es que no sé cómo actuar, y me dan ganas de decir “espera, no te muevas que voy a consultar el manual, a ver: en caso de …..... pulse crtl+alt+supr y si el problema persiste resetee al niño”.




   Voy a poner un ejemplo de situación conflictiva, no es autobiográfico pero me han pasado muchas cosas parecidas. Imaginemos a unos padres cenando tranquilamente. Su criaturita ya ha terminado porque come como los pajarillos y se dedica a aporrear la cabeza de su madre con uno de esos martillitos de goma que chillan. La primera vez que lo hace, su madre le dice “¡Auch! No me hagas eso, por favor”. El peque se ríe y lo vuelve a hacer, y la madre le explica amorosamente que ahora están comiendo y que después jugarán con el martillo. Al siguiente martillazo la madre, ya algo más seria, le explica que la está molestando y le ruega encarecidamente que pare. Al martillazo 10-20-30 (según el límite de cada uno), a la madre lo que le apetece es quitarle al niño el martillo y tirarlo por la ventana, porque ya habrá intentado todo lo que se le ha ocurrido (distracción, negociación, explicación) y nada habrá funcionado, y probablemente pierda los nervios, y seguramente después, en frío, se le ocurra (ya tarde) una solución más respetuosa.


  Porque también nosotros, como padres, estamos aprendiendo, y vamos adquiriendo recursos día a día. Por eso estos momentos que nos hacen sacar de quicio son tan valiosos, porque son para nosotros una oportunidad de aprender y mejorar.


   ¿Y cómo sacar lo mejor de esos momentos? Pues según mi experiencia, ni recreándonos en el acto motivador de la explosión (“hay que ver lo que ha hecho el niño éste, que me ha puesto de los nervios”), ni dejándonos llevar por la culpa (“hay que ver lo que he hecho, qué mal he actuado, soy la peor madre del mundo, si en el fondo ha sido una tontería”). Una buena estrategia es, una vez que nos enfriemos, buscar cómo podríamos actuar de otra manera la próxima vez que se de una situación similar, y si hace falta, acercarnos a nuestro peque y, sin miedo, pedirle perdón. Que sepan que somos conscientes de que no hemos actuado bien, que nos hemos enfadado mucho por algo que han hecho y nos hemos puesto nerviosos.


   Pero no nos frustremos si aún así no se nos ocurre una solución, o si lo que se nos ocurre al probarlo tampoco funciona. Yo aún no he encontrado la manera eficaz de convencer a mi Gansi de que por la mañana hay que vestirse, sobre todo si tenemos que salir a la calle, y si algo ha dado resultado, la siguiente vez ya no.


   Y así me he sorprendido a mí misma en más de una ocasión, yo que siempre me he tenido por una persona de paciencia infinita, tentada de perseguir a mi criatura con la chancla en la mano, pero tengo la esperanza de encontrar una fórmula respuesta para todos esos problemas que me hacen enfurecer por no encontrar un recurso alternativo, respetuoso e inmediato.


   Respecto al ejemplo de la familia, quizá la próxima vez que se sienten en la mesa, en lugar del martillo de goma haya algún otro juguete o forma de entretenerse que no implique aporrear a mamá mientras ésta se termina la cena.


   Y es que ser padres es un continuo ensayo-error, un aprendizaje diario y constante, una sucesión de momentos de armonía y de caos, y de situaciones en las que sabremos cómo responder pacíficamente y otras que sacarán al Hulk que llevamos dentro.



domingo, 13 de julio de 2014

Y yo que creia que (12) ser madre no tenía por que ser cansado


   “Algunas madres es que se lo montan fatal, siempre cansadas y ojerosas. ¡Pero si ser mamá no tiene por qué ser cansado! Cuando yo tenga a mi bebé le acostumbraré a hacer siempre actividades relajantes, y tendremos rutinas y horarios para que todos descansemos...”

   ¡Frena Gansa Premamá! ¡Frena, que te estrellas!

   O bien no te lo vas a montar tan bien como planeas, o ser madre es bastante más cansado de lo que tú te crees...

   Ser mamá cansa siempre, a veces mucho y a veces muchísimo, desde que nacen nuestros bebés e incluso antes, desde que el barrigón nos oprime los órganos y no nos deja conseguir una postura cómoda para conciliar el sueño.

   Imagino que habrá algunas mujeres que después de dar a luz se encuentren fabulosamente y llenas de energía, pero yo estaba exhausta. Tenía a mi bebé al pecho y sentía que me quedaba dormida, pero reprimía este sueño porque quería esperar a que terminara la toma y dejarle en su cunita, y cuando lo hacía y yo por fin cerraba los ojos, mi Gansi decía que si me había creído por un momento que se iba a quedar ahí en esa cunita de plástico sin el calor de su mami y sin protestar.

   Supongo que pensé que al llegar a casa todo mejoraría, que mi peque se acostumbraría a no estar en brazos, o que quizá era que ya se había malacostumbrado porque las visitas le habían cogido mucho. Tenía la esperanza de que pronto durmieratoda la noche, pero una y otra vez me equivoqué, y para colmo estaba el problema de los cólicos.

   Me pasé meses sin dormir más de una hora seguida, y creo que tenía ya hasta alucinaciones, y por supuesto un humor de perros, yo que nunca decía palabrotas y ahora me veía echando cada día sapos, culebras, rayos y truenos por la boca. 



   
   Por si cansara poco el no dormir, además está lo que agota el hecho de cuidar a un bebé, y añádele que sea de alta demanda y que tenga cólicos. Aún si tienes un bebé que duerme más que un gato y se mueve menos que un peluche, tendrás que alimentarle, bañarle, cambiarle la ropita, mecerle, cambiarle los pañales, salir a comprarle ropa y demás enseres, llevarle al médico y un largo etcétera porque ahora eres responsable de una vida que depende de ti, y todo eso (que se lleva con mucho amor, ojo) por supuesto que supone una gran actividad física.

   Pero los bebés lloran, necesitan contacto y atención constantes, y por desgracia, a veces también enferman, y aunque no sea más que un resfriadito sin importancia, para una mamá, y más aún primeriza, es un sufrimiento ver a tu criatura tan pequeñita que no respira bien por culpa de los moquitos, o que tose a cada rato o se queja y parece como si se retorciera de incomodidad. Quizá tu bebé duerma plácidamente a pesar de que le suena el pechito como una cafetera, pero tú sólo de escucharle, no pegas ojo.

   A veces sentía que mi cuerpo no daba para más, sin dormir, con los cuidados rutinarios, de repente llegaban las peores horas del cólico,y cuando por fin se calmaba y se dormía, y yo creía que me podía relajar, ahora resultaba que era la hora del baño, y no me apetecía nada, lo que me apetecía era que descansáramos y temía que mi bebé se despertara y volviera a llorar (como al final siempre sucedía), pero es que yo creía que debía prepararle el baño cada día a la misma hora, era rutina y era sagrado.

    Y si ser madre cansa cuando son bebés, cuando no duermes, cuando lloran y te reclaman todo el día, la cosa no mejora cuando crecen. Cuando empiezan a moverse, a gatear, a curiosear y tocar todo, que lo mismo piden brazos que suelo, luego andan, corren (y tú detrás de ellos), juegan más activamente, y una sigue agotada, porque esto también es actividad física de la buena.

   Hay niños más tranquilos, otros algo más movidos, y otros son torbellinos de nervios que no paran, pero incluso los más paraditos tienen sus momentos de nervios y excitación que parece que les hubieran echado algo en el colacao.

   Cuando no trabajas fuera de casa y la gente piensa que estás tranquila todo el día o incluso aburrida, te empieza a salir humo por la nariz de la indignación que te entra, porque te has levantado llena de agujetas después de un día entero de aúpa, al suelo, carreras, juegos (saca, juega, recoge, limpia...), canciones, rabietas y frustraciones, aparte de los quehaceres domésticos, todo coronado con una fabulosa noche de llantos y vómitos, de cambiar las sábanas de la cama hasta 4 veces, de cantar, mecer y amamantar.

   Y cuando trabajas fuera de casa y llegas queriendo desconectar del curro, te esperan unas horas de corro de la patata, chuchuguá y hacer el caballito. En mi anterior trabajo tenía una compañera con 4 hijos que decía que para ella el tiempo que pasaba en la oficina era casi un descanso, que le resultaba menos estresante que cuando llegaba a casa y 8 manitas tiraban de ella en direcciones opuestas. Por aquel entonces me pareció que debía estar exagerando, pero ahora creo que la entiendo.

   Así que sí, ser madre es cansado, y mucho, hagas lo que hagas y te pongas como te pongas.

   Aunque el hecho de que sea agotador no quiere decir que no sea maravilloso, que no merezca la pena terminar cada día recordando que metiste un pie en la cama y el otro ya no te acuerdas qué pasó.