domingo, 23 de marzo de 2014

Lo que aprendí sobre los portabebés

   “¿Portabebés? Ufff ¡Qué dolor de espalda! Si en el carrito van mejor...” Intenta meter a mi gansi en un carrito y luego me cuentas, guapetona.

   En efecto, para que mi gansi tolerara estar en su carrito tenía que estar en la más profunda e inconsciente de las fases del sueño. En el momento en que volvía a la realidad y no me sentía cerca, entraba en modo “posesión infernal”.

   Y para infierno el que yo sentí vivir los primeros meses de su vida. Como yo creía que los bebés no tenían que estar en brazos, pensaba que lo estaba haciendo rematadamente mal al tener a mi peque todo el santo día en el pecho, o que mi bebé no era como los demás, o como debía ser.

   Mi vida transcurría de la siguiente manera: Me levantaba de la cama (al toque de corneta de “mamá ya no quiero dormir más, no insistas”), me iba al salón, me sentaba en el sofá con mi gansi y le pasaba de un pecho a otro, una y otra vez, porque era la única manera en que no lloraba, y así durante horas hasta que se dormía, con suerte el tiempo suficiente para poder vestirme a toda prisa, engullir como los pavos algo de desyuno, y volver inmediatamente al sofá, rezando porque el siguiente sueño me diera tiempo a preparar algo para el almuerzo.

   Después de dormir cada noche, con suerte una o dos horas, porque yo creía que los bebés dormían de noche, en el momento en que mi gansi dejaba de llorar y dormía un rato de siesta, a mí lo que me apetecía era descansar, no ponerme a limpiar.

   Me sentía inútil, necesitaba ayuda porque no era capaz de atender a mi casa y a mi peque a la vez... ¡Y eso que sólo tenía un bebé! ¿Cómo lo hacía la gente con más hijos? Desde luego, no podía estar disfrutando de mi maternidad.




   Aquello no era vida, y ni que decir tiene que por supuesto no salía, tenía que pedirle a las visitas que llegaban, con toda la vergüenza del mundo, que por favor me tiraran la basura. Cada revisión médica a la que tenía que acudir me producía un estrés increíble, porque sacaba a mi gansi, cuadrando con un poco de suerte justo después de una toma interminable y antes de otra, rezando para que no se despertara y se diera cuenta de que iba en un carrito, y para que me diera tiempo a llegar a casa a darle de mamar, porque por aquel entonces no estaba a gusto con la idea de darle el pecho en público.

   Así malvivía hasta que un buen día descubrí que si metía a mi peque en aquella mochila portabebés que me habían regalado, conseguía que estuviera en calma, ¡hasta cuando no dormía! Y yo podía arreglarme un poco para salir, y hasta preparar la comida y limpiar un poco.

   Y así pasó mi peque unos meses en una mochila colgona, en la que le ponía incluso cara al mundo (si con esto no te has llevado las manos a la cabeza, es que estás igual de pez en el mundo del porteo que yo por aquella época) hasta que me decidí a encargar un fular...

   “¿Un fulaaaar? ¿Como las africanas? ¿Pero eso cómo se pone? ¿Y no se te cae el bebé? ¿Y no te duele la espalda?”




   Aquel “cacho trapo” (como lo llamaba mi ganso esposo al principio), fue mi salvavidas, mi libertad, y la felicidad de mi gansi. Y sólo investigando por mi cuenta fue que descubrí el mundo del porteo y los portabebés.

   Porque lo que mi bebé quería era simplemente que me echara a su lado a descansar a su misma vez, y el resto del tiempo acompañarme, en contacto con mi cuerpo, en mis actividades cotidianas, y no que le dejara en soledad mirando al techo o a un juguete frío.

   Aprendí enseguida que la mochila que tenía no era ergonómica, que no favorecía el correcto desarrollo de la cadera de mi bebé, que probablemente me estaba costando una hernia discal, y que había muchas razones para no llevar a mi bebé de cara al mundo.



   E investigando sobre los distintos tipos de portabebés, me decidí por un fular tejido, que aprendí a atar a base de mucha práctica y de verme muchos videotutoriales en youtube. Cuando mi peque empezó a caminar, había veces que quería ir en brazos y al momento en el suelo, y me era muy engorroso andar haciendo, ajustando y deshaciendo nudos todo el rato, así que me hice con una bandolera de anillas.


  Imagen de monetes.es

   Ojalá hubiera descubierto antes que podía tener a mi peque en brazos, darle el pecho incluso, y a la vez tener las dos manos libres para quitarme de enmedio aquellas tareas que no me dejaban descansar cuando podía. ¡Y qué siestas se echaba mi gansi cuando salíamos a la calle! Tan a gustito que estaba, aunque hubiera gente que nos mirara raro y hasta nos compadeciera (“Ay... ¡con lo que tiene que pesar! ¿y va bien ahí? ¿Y no te duele la espalda?”)...

   Pues no, si el portabebés está bien colocado, no duele la espalda en absoluto.


  
   Ahora ya no porteamos, pero he de confesar que me he quedado con las ganas de haberme hecho con una mochila ergonómica, porque aunque son menos versátiles en algunos aspectos, son muy rápidas y fáciles de poner y ajustar.

   ¡La próxima vez será (si la hay)!”

domingo, 16 de marzo de 2014

Y yo que creía que (8)... mi peque no lloraría en su primer día de guarde



   “Mi peque no va a llorar en su primer día de guarde. No, eso les pasa a otros niños. Yo a mi peque le he transmitido siempre seguridad y confianza. Además, le hablaré con antelación del sitio al que va a ir, para que sepa lo que le espera, y se lo pintaré como un lugar maravilloso, en el que aprederá, jugará, se divertirá y hará muchos amigos. Sí, se lo explicaré, le diré que se lo pase muy bien porque en un ratito mami volverá, y así seguro que no llorará...” Y un huevo de pato....

   En estas fechas se abre el periodo de solicitud de centro escolar, para matricular a nuestros peques en el colegio o en la guardería, y me vienen a la cabeza recuerdos del año pasado, cuando yo creía que mi peque no sólo no lloraría cuando pisara su guarde, sino que miraría con extrañeza a los niños que sí lloraran e iría a consolarlos, como suele hacer cuando ve a alguien triste.

   Me puedo creer que un niño que ha ido a la guardería desde muy bebé, esté acostumbrado a que lo dejen allí y no llore, pero entiendo que un peque de dos añitos lo pase fatal, especialmente los primeros días. Sólo hay que ponerse en la piel de una criatura que no conoce otra cosa más que estar con sus padres, y de pronto es dejado en un sitio extraño con un montón de desconocidos, ve como su mamá se aleja y no sabe cuándo va a volver, porque no tiene noción del tiempo (ni siquiera sabe con seguridad si volverá). La sensación de miedo, incertidumbre e inseguridad tiene que ser insoportable.



“Llévale a la guarde”, decían, “Es bueno para ellos”, decían...

   Hasta pesadillas tuve desde meses antes de llevar a mi gansi a la guarde. Soñaba que le hacían daño, o que le obligaban a hacer algo que no quería, que lloraría desconsoladamente y le ignorarían, o hasta que no estaría allí a la hora de la recogida, que me dirían que nunca entró y que desaparecería para siempre, y muchos más pensamientos negativos.

   Así que, aunque intenté transmitirle a mi gansi toda la seguridad del mundo, y explicarle lo que iba a pasar, aquello fue inútil. Mi peque no lo entendió, claro está, se agarró a mí en la puerta de entrada a su clase y me miró suplicante, pero su seño le agarró y le arrancó de mis brazos, cerrándome la puerta en las narices, y yo me alejé con lágrimas en los ojos (aunque le había despedido con mi mejor sonrisa), oyendo sus gritos hasta que salí del edificio, y sintiéndome la peor madre del mundo.

   Sólo fueron un par de horas, porque así es la primera semana del periodo de adaptación, pero fueron las más largas de mi vida. Llegué a casa y me puse a limpiar compulsivamente para tener la mente ocupada, y a la hora de la recogida corrí hacia la guarde como si fuera a perder el último tren, con las piernas temblorosas y el corazón a mil por hora.

   Mi gansi salió con la carita hinchada y enrojecida, y el corazoncito encogido. No había dejado de llorar en todo el tiempo...

   Se supone que como ya ha pasado el mal trago, cuando vaya a cole el año que viene no llorará, aunque yo no lo tengo tan claro. Todo el mundo me decía que era mucho mejor que los niños fueran por lo menos el último año a la guardería, que luego en el colegio se notaba y no lo pasaban tan mal, pero quisiera saber dónde está la ventaja de que se peguen el sofocón con 2 años en vez de con 3, que además ya tienen algo más de madurez y existe la posibilidad de que medio entiendan que no les va a pasar nada malo.

   No dudo, es más, doy por sentado, que mucha gente habrá visto ventajas en que sus peques de dos añitos vayan a la guardería, pero en mi caso no las ha habido. Únicamente me ha dejado más tiempo para mí y para mis estudios, pero ni mi gansi se ha vuelto más sociable de lo que era, ni ha hecho amiguitos inseparables, ni le han enseñado más de lo que ya aprende conmigo.

   Más de una vez he pensado quitar a mi peque de la guarde, especialmente considerando que habrá pasado casi la mitad del curso empalmando resfriados, bronquitis, diarreas y demás. Pero por mis circunstancias personales, no he tenido más remedio que tragar.

   Ya veremos lo que pasa el año que viene en el cole...




domingo, 9 de marzo de 2014

Hablemos de "eso"




   Los fans de Martes y Trece ya sabrán a lo que me refiero. Hoy quiero hablar de “eso” de lo que no se suele hablar acerca de la etapa del embarazo. Un tema natural, pero para algunos incomodante, y no me refiero al campo de coliflores en que se puede transformar tu trasero después del parto, por efecto de las hemorroides, cosa de la que a mí nadie me previno y que me tuvo más de un mes sin poderme sentar sin ver las estrellas. “Eso” de lo que tampoco nadie me habló, damas y caballeros, es el sexo durante el embarazo.

   Cada mujer es un mundo, y hay casos en los que se produce el efecto contrario y sucede que, junto con los malestares asociados al embarazo, a los que algunas parecen inmunes y otras hipersensibles, el resultado es un estado de inapetencia total, e incluso en ocasiones, repulsión hacia la pareja.

   Pero lo habitual es que las hormonas se nos revuelvan de tal manera que a veces parezca que nos hemos transformado en un chico de 15 añitos. Dicen que los hombres pasan la mayor parte del tiempo pensando en sexo, de ahí que más de una embarazada pueda llegar a pensar que mentalmente se siente como un tío, y es que no estamos habituadas a estar inmensamente concentradas en un asunto y de repente sorprendernos, aparentemente sin venir a cuento, pensando en “darle al tema”. Vemos a veces cómo el sueño más inocente de repente se vuelve tórrido y nos despertamos con unas ganas tremendas de ñiqui ñiqui.

   Yo me preguntaba cómo lo hacían los hombres. ¿Cómo se puede uno centrar en nada si a cada rato estás pensando en lo mismo? Y yo que creía que eran las mujeres las que estaban condicionadas por las hormonas, con ciclos que alteran nuestro estado de ánimo.

   También cada hombre es un mundo. Hay a los que no les molesta tener relaciones sexuales mientras la mujer tiene la regla, igual que los hay que no tienen ningún inconveniente en hacerlo con su pareja durante todo el embarazo, o incluso hasta les pone, de alguna manera. Pero es muy habitual que a los hombres les de cierto reparo, especialmente a medida que el embarazo prospera.

   Esto se puede deber (o eso dicen ellos) al temor a hacerle daño al bebé, o inclusive que éste note de alguna manera lo que está pasando. El caso es que nos rechazan en el momento en el que más lo necesitamos, cuando experimentamos las sensaciones más intensas que nunca antes en nuestra vida.


 -”Ains Cari, es que no quiero hacerle daño al bebé.”
-”¡Pero si no ibas a llegar ahí ni aunque fueras Nacho Vidal!”


   Tras el parto la cosa cambia por completo. Cuando leí que durante la cuarentena se recomienda usar preservativo para evitar infecciones al mantener relaciones sexuales, me dio hasta la risa. Entre el cansancio extremo que arrastraba, la incapacidad de separar a mi bebé de mi cuerpo durante más de 3 minutos sin que llorara como si fuera el fin del mundo, y el estado de zona catastrófica de mis pobres bajos rajados, cortados y recosidos, no estaba yo para mucha “marcha”. Me quito el sombrero y olé por la que es capaz de tener sexo durante la cuarentena.

   Es muy frecuente que se tenga colgado el cartel de “cerrado por reformas” durante mucho tiempo, pero la reaparición de la libido también depende de cada una. Las que optamos por la lactancia materna pasamos muchos meses inundadas por la oxitocina, y podría parecer que es que no nos apetece darle al mambo, pero lo que ocurre es que las hormonas ejercen un efecto sobre nuestro cuerpo que hace que nos sintamos ya saciadas.

   Así que si nuestras parejas antes no querían porque les daba “cosica” la barriga, ahora nos lo van a tener que recordar, porque nosotras, entre lo atareadas que estaremos aprendiendo tantísimas cosas nuevas con nuestro bebé (y sobre todo aprendiendo a satisfacer sus necesidades), y lo satisfechas que nuestras hormonas nos tendrán, probablemente ni nos acordemos de ellos en ese sentido (pobretes).

   Se suele dar además por sentado que las parejas que practican el colecho con sus hijos, no mantienen relaciones sexuales, y siempre surge la misma pregunta: “¿Y vosotros cómo lo hacéis, si dormís con los niños?”. ¡Pues es de lo más divertido! Es como volver a la época de novios y aprovechar cuando surge la oportunidad, allá donde surja.


 ¡Ñiqui ñiqui!

domingo, 2 de marzo de 2014

Mamá bocazas

   Cuando nuestros bebés son pequeñitos, más que lo que digamos, lo que les importa es cómo lo digamos, el tono de nuestra voz, el volumen, o si va acompañado de una sonrisa o una caricia. Pero esto no durará mucho, llegará el momento en el que tengas que empezar a vigilar lo que dices.

   “Bueno, eso en mi caso no es problema, no suelo decir palabrotas, ni gritar, ni insultar...” Eso es lo que tú te crees, monina.

   Cuando me empecé a fijar en mi forma de hablar, descubrí que decía más palabras inapropiadas de las que creía, y que no bastaba con emplear el método Ned Flanders...


¡Rayos y retruecanillos! Me he golpeado el meñiquín con la pata de la bendita mesita...

 
   No hace falta decir palabrotas para hablar incorrectamente. ¿Quién no le ha dicho alguna vez a su hijo/a, con todo el cariño del mundo “pero qué sinvergüenza estás hecho/a”? Luego, cuando salen en las noticias un par de políticos corruptos, decimos “¡Vaya panda de sinvergüenzas!” y nuestros peques deben pensar “Pero entonces eso de sinvergüenza... ¿es algo bueno o malo?”. Aún pasarán unos cuantos años antes de que nuestros peques sean capaces de entender la polisemia, y se tendrán que enfrentar a muchos conceptos que les resultarán confusos.

   También hay que prestar atención a nuestra pronunciación. Muchas veces tendemos a pronunciar mal, al hablar de forma cariñosa a nuestros peques, y les decimos cosas como “¿Anone ta mi cuhipuchipuchiiii?” o sencillamente imitamos su forma de hablar, pensando inconscientemente que así nos entenderán mejor porque, claro, les hablamos en su idioma. Pero si hacemos esto, por decirlo de forma simple, lo que conseguimos es que se hagan un lío.

   El proceso de adquisición del lenguaje es algo complejo. En el ser humano, la adquisición de la capacidad de producción del lenguaje y su comprensión van desacompasadas, y a veces se pueden ocasionar pequeños transtornos o dislalias asociadas a un aprendizaje incorrecto, pero en la mayoría de los casos son temporales y corregibles. Como tardar más años de lo esperado en aprender a pronunciar correctamente ciertas palabras, o incluso consonantes como la r o la t. Si queréis pasar un rato divertido aprendiendo sobre la dislalia, visitad a Vanfunfun.

   ¿Y qué tan importante es cuidar lo que decimos y cómo lo decimos, frente a nuestros hijos que están aprendiendo a hablar? Pues yo diría que es algo crucial, ya que somos el ejemplo que siguen.

   Así que un buen día me paré a hacerme un autoexamen y descubrí que, en más de una ocasión, soy una auténtica bocazas. ¡Y yo que creía que hablaba tan bien y tan normal! Al fin y al cabo, nadie es perfecto.




   Sí, lo reconozco, alguna que otra vez se me escapa una palabrota, sobre todo cuando me estreso. Una vez estaba tan agobiada por querer hacer mil cosas a la vez y que ninguna fuera como yo quería, que cuando mi gansi apareció en ese preciso momento y me tiró el cubo del agua de fregar, quise estallar, levanté las manos y grité “¡mierda!”, a lo que mi gansi respondió corriendo hacia el salón con sus bracitos en alto y gritando “¡meda! ¡meda! ¡meda!”... Dejando aparte mi estado de horror y perplejidad en aquel instante, no era ese precisamente el ejemplo que yo quería transmitirle a mi peque, la verdad.

   También hay veces que pronuncio mal a drede, por pura economía del lenguaje, y me refiero a ir más allá del dialecto andaluz del que me siento tan orgullosa. Es que cuando me acelero hablando no me entiende ni mi madre.

   No siempre me expreso como debería, en ocasiones digo algún término que puede confundir a mi gansi. Es importante saber expresarse, ya me lo decía mi tía “no se dice rebañar, se dice aprovechar”, no porque esté mal dicho, sino que expresar las cosas de una manera o de otra cambia por completo el sentido de la frase.

   Os invito a leer esta interesante reflexión de diario de un cacahuete 

   Y en este mea culpa consecuencia de mi autoexámen, debo incluir que, por curioso que parezca, se me ha llegado incluso a pegar la forma de hablar de mi gansi. Sin darme cuenta, hay veces que estoy comiendo y digo “¡cómo quinca (quema)!” o “Esto está bleh (malo)”, o “se hace atín (así)”. Y lo sé, tengo que estar atenta y corregirlo, como tantas otras cosas...

   Pero es que, personalmente, me parecen super simpáticos los niños que están empezando a hablar. Esa media lengua con que te dicen “eto ta chuchio” (esto está sucio), y que a veces sólo sus madres entendemos, y hacemos de intérprete en más de una ocasión. Creo que es de lo más tierno. Una de tantas etapas de su crecimiento que atesorar, ya que son tan fugaces...


 
Imagen de El blog de Mª Elena, os invito a visitarlo para saber más sobre la dislalia infantil y la logopedia

domingo, 23 de febrero de 2014

Super Mamá

   Cuando te conviertes en mamá sufres una transformación. Ni picaduras de arañas radioactivas, ni mutaciones, ni experimentos, lo que te da superpoderes es ser madre.







   Adquieres super olfato ya desde que te quedas embarazada, pero este poder evoluciona tras el parto, y eres capaz de detectar un pañal sucio antes que nadie. Además, el aroma de tu peque te hipnotiza, te embriaga y te embelesa como ambrosía.


   Tu super oído te permitirá reconocer el llanto de tu bebé aunque estés lejos o profundamente dormida, y tu super fuerza hará que puedas llevar en brazos a tu peque de más de 15 kilos, además de tu bolso, un par de bolsas de la compra, y una mochila de Pocoyó.


   Por no hablar de la super velocidad con la que acudes para evitar una caída o para atender un llanto repentino, la capacidad para diferenciar el silencio del “demasiado silencio”, y la super memoria para aprenderte el nombre de todos los dibujos animados y todas las canciones infantiles habidas y por haber. Además, perfeccionas unas habilidades de canto que ni con 5 años en el conservatorio, y te sorprendes a ti misma desgañitándote en la ducha, con la alcachofa a modo de micro, cantando “el ratón Pérez” como si no hubiera mañana.


   Y es que a las madres parece que nos salen un par de brazos extra para que podamos atender multitud de tareas simultáneamente. Super mamá puede tener a su bebé en brazos, darle el pecho (o el bibe), hacer la comida y llamar al seguro del coche, todo a la vez, mientras con el pie cierra la puerta de la lavadora y, con un poco de habilidad, hasta la pone en marcha.





   “¿A qué viene todo esto?”, diréis. ¡Pues a que me han dado el premio Soy una Super Mamá! 





   Viene de la mano de Una sonrisa paramamá, a quien mando mil besos y mil agradecimientos. Como le dije a ella, ya lo había visto circulando por algunos blogs y había pensado “jo, cómo mola este premio”, y ahora... ¡me ha tocado a mí! Os podéis imaginar que estoy como unas castañuelas en romería...


   La iniciativa de este maravilloso premio viene de Ainara, autora del blog Piececitos. Ella lo explica así:



Hoy me he despertado creativa y he decidido crear una buena y gratificante iniciativa para todas las mamas.



Como ya sabemos, los niños pueden realmente sorprender… esto es lo que responden a la pregunta:



¿QUIÉN ES TU MAMA?



Mamá es un señora que lleva en el bolso un pañuelo con mis mocos, un paquete de toallitas y un pañal de emergencia.
Mamá es ese cohete tan rápido que va por casa disparado y que está en todas partes al mismo tiempo.
Mamá es esa malabarista que pone lavadoras con el abrigo puesto mientras le abre la puerta al gato con la otra, sosteniendo el correo con la barbilla y apartándome de la basura con el pie.
Mamá es la maga que puede hacer desaparecer lágrimas con un beso.
Mamá es esa forzuda capaz de coger en un solo brazo mis 15Kg mientras con el otro entra el carro lleno de compra.
Mamá es esa campeona de atletismo capaz de llegar en décimas de segundo de 0 a 100 para evitar que me descuerne por las escaleras.
Mamá es esa heroína que vence siempre a mis pesadillas con una caricia.
Mamá es esa señora con el pelo de dos colores, que dice que en cuanto tengo otro huequito, solo otro, va a la pelu.
Mamá es esa cuenta cuentos que lee e inventa historias más divertidas sólo para mi.
Mamá es esa chef que es capaz de hacerme una cena ríquisima con dos tonterías que quedaban en la nevera porque se olvidó comprar, aunque se quede ella sin cena.
Mamá es ese médico que sabe con solo mirarme si tengo fiebre, cuánta, y lo que tiene que hacer.
Mamá es esa economista capaz de ponerse la ropa de hace cientos de años para que yo vaya bien guapo
Mamá es esa cantante que todas las noches canta la canción más dulce mientras me acuna un ratito.
Mamá es esa payasa que hace que me tronche de risa con solo mover la cara.
Mamá es esa sonámbula que puede levantarse dormida a las 4 de la mañana, mirar si me he hecho pis, cambiarme el pañal, darme jarabe para la tos, un poco de agua y ponerme el chupete, todo a oscuras y sin despertarse.



¿Te sientes identificada? Si te has dado por aludida en al menos 3 de estas afirmaciones, tienes el don de ser UNA SUPER MAMA! ¿Es eso que veo una sonrisilla? ¡Ese es exactamente el objetivo de esta iniciativa! Hacerte sonreír y animar a todas las mamas para que sigan haciendo el gran trabajo que hacemos día a día!



Por ello, ¡te regalo esta insignia para que la copies en tu blog y te muestres como lo que eres!







Y mis super mamás (redoble de tambores) son:











Ahora es tu turno, reparte sonrisas e identifícate como una súper mamá:



1- Coged la insignia, copiadla y pegadla en vuestro blog.

2- Explicad la iniciativa (sirve un copia y pega) sin olvidaros las definiciones de mamá.

3- Regaladle la insignia a 5 bloggers que creáis que se lo merecen.



¡Enhorabuena a todas! y espero dibujaros una sonrisa.


domingo, 16 de febrero de 2014

Lo que aprendí sobre alimentación infantil

   “Hay algunos niños que es que son muy malos para comer, hay que estar muy encima y obligarles un poquito, pero mi bebe no será así, mi bebé sí comerá...¿verdad? ¿verdad?”... Ayyyy, puedes estar tranquila gansa premamá, que tu gansi va a engullir como los pavitos, mejor dicho como los gansitos, y no tendrás que “obligarle”...


   Me siento tremendamente afortunada porque mi gansi tenga ese apetito voraz, y la razón de esto es que ya ha sido bastante dura la lucha con mi entorno por defender nuestra lactancia como para que encima, los comentarios sobre que mi peque lloraba porque se quedaba con hambre o que mi leche no le alimentaba porque era agüilla sucia, se hubieran visto de alguna manera respaldados por poco aumento de peso o un percentil bajo.


   Los dichosos percentiles, y sobre todo y su incorrecta interpretación, que pueden llevar a la obsesión y a la preocupación innecesaria a tantos padres, y que han contribuido a destruir tantas lactancias felices. Estos percentiles infantiles son unas tablas donde se ven el peso y la altura a cada edad de los niños, pero pueden llevar a pensar que existe un “peso normal” o una talla “normal” para una edad, y todo lo que esté por encima o por debajo es demasiado, o demasiado poco. Los niños menudos representan los percentiles bajos, y los grandotes los altos, y únicamente sirven para saber que, en comparación con la media de los niños de su edad, nuestro hijo es de talla y peso medios, tirando a menudillo, o tirando a grandote.



 "Nótese lo inapropiado del término normal en estas tablas de percentiles sacadas de internet"


   Cuando el peque está en la zona de percentiles altos no suele haber problema, incluso si los sobrepasa todos, creando una línea de percentil propio, como le pasaba a mi gansi, aunque aún así puede haber algún pediatra que siga recomendando la introducción temprana de papillas o cereales, o incluso suplementos con leche de fórmula (alucinantemente, me pasó). Los problemas suelen venir cuando a nuestro nene le ha tocado pertenecer al club del percentil bajo.


   Pero un niño de percentil bajo no es un niño mal alimentado ni desnutrido, simplemente es un niño pequeñín, quizá porque sus padres tampoco es que sean Pau Gasol, o quizá porque sencillamente es de constitución delgada. Y es que durante muchos años se ha visto como sinónimo de salud, un bebé rollizo y lleno de rosquitas. Un niño no está falto de nutrientes, ni hambriento, sólo porque sea de percentil 3 o menos, existen pruebas específicas para determinar la desnutrición y signos evidentes de deshidratación, que son los que el médico debe señalar, y ante los que hay que actuar, no ante un bajo percentil, ni ante la pérdida natural de peso del recién nacido.


   Pues es normal que la primera semana de vida, los bebés no solo no ganen sino que pierdan un poco de peso, y esto muchas veces alarma a las madres (y padres, claro) y las hace perder confianza en el poder de su cuerpo para alimentar a su criatura. Y es que hasta yo me obsesionaba por ir a la farmacia cada semana a pesar a mi criatura, porque pensaba que era lo que debía hacer, para llevar un control, como si eso fuera necesario, como si no se notara a simple vista el casi medio kilazo semanal que mi gansi ponía los primeros meses de su vida, y eso que se alimentaba exclusivamente de una leche materna que salía de unos diminutos pechines y que era “aguachirri”.


   Otra extraña obsesión que a veces tenemos las madres primerizas es saber exactamente la cantidad de comida que toman nuestros hijos. Yo me hubiera sacado la leche para saber cuánto era lo que mi peque me demandaba tan a menudo, a ver si era verdad que es que se quedaba con hambre. Ay si tuviéramos rayitas indicadoras en los pechos, qué tranquilas estaríamos (60 ml, 90ml, 120 ml...).


   Como si conociéramos el tamaño exacto del estómago de nuestros hijos, y el hambre que tienen en cada momento, les servimos sus platitos con la cantidad de comida que consideramos que deben comerse, ah, ¡y deben terminársela entera! Si no es que necesitan que le demos algún suplemento nutricional mágico.





   A muchas les pasará que piensen: “Pero es que mi niño de verdad que come muy poquito, de verdad que parece que se alimentara de aire, y no para quieto”. Conozco niños así, a los que sus madres los ven como “tirillas” pero que están llenos de energía y vitalidad, lo que no evita que sean perseguidos por la cuchara-avioncito, o forzados a comer más de lo que les apetece, bien a las bravas (a base de chillidos y amenazas), o bien con maniobras de distracción-hipnotismo. 


 “No se qué habrá pasado mientras estaba viendo Bob Esponja, pero estoy que no me puedo mover de la silla”



   Y es que lo que aprendí sobre alimentación infantil fue que cada niño tiene unas necesidades alimenticias particulares, que irán cambiando a medida que crezca, habiendo momentos en que se comerán hasta las piedras, y otros en los que parezca que estén en huelga de hambre.


   Para algunas madres es durísimo, especialmente para aquellas con niños menuditos, pero a veces hay que hacer un ejercicio que constituye un profundo acto de fe en la capacidad de nuestro hijo de conocer sus propias necesidades, dejar que coman la cantidad que a ellos les apetezca, y no lo que nosotros calculemos, y no tratar de ofrecerle sustitutivos, y mucho menos golosinas o comidas poco saludables. Confiar en que no se van a morir de hambre, y no pretender imponerles nuestros horarios de comida, ya que su digestión no va al mismo ritmo que la nuestra.


   Y ya sé que para mí es muy fácil decirlo, pero mi gansi, a pesar de que su estado normal es el de “me comería a mi madre por los pies”, también tiene días, e incluso rachas, en las que no come prácticamente nada. Además, conozco casos muy cercanos de niños que comen como pajarillos, y he presenciado el sufrimiento, tanto suyo como de su madre (o de la persona que en ese momento le esté dando de comer), y la tortura en que se convierte la hora de la comida, en la que cada día se repetía el mismo diálogo: “Come... come....¡come!...¡una mas!... es que no ha comido nada...”.


 "Era la última hace 5 cucharaditas, mamá..."

domingo, 9 de febrero de 2014

Pues mi niño lo hizo antes, eah

   Es normal que todos los padres sientan que sus hijos son los mejores del mundo mundial, los más guapos, los más listos y los más espabilados, pero hay algunos padres y madres que se toman los avances naturales en el desarrollo de sus criaturas, quizás un pelín demasiado en serio.

   Si una madre va al parque y comenta orgullosa que a su hija de x meses ya le ha salido el primer diente, automáticamente intervendrá otra madre que dirá que al suyo le salió a los x-3, y otra dirá que eso no es nada, que el suyo ya nació con dientes.

   Esto hace que te puedas encontrar, por un lado, padres obsesionados con que sus hijos sean los primeros en alcanzar las etapas del desarrollo, y que lo comentarán con todo el mundo henchidos de orgullo, y por otro lado, padres innecesariamente preocupados porque sus hijos aún no sean capaces de ciertas cosas con determinada edad.

   Existen niños perfectamente normales que aprenden a andar con 18 meses o a hablar a los 2 años, y los padres de esos niños probablemente hayan pasado un tiempo preocupándose en vano y siendo asediados por constantes “¿todavía no...? ¡Uy, pues llevadle al médico!”, o incluso pensando que su hijo no es lo bastante inteligente o que tiene algún problema de salud.

   Yo también observaba preocupada los progresos de mi gansi, preguntándome si estaría dentro de lo normal (y eso que mi pollito se podría considerar que está dentro del grupo de los “niños adelantados”, para muchas cosas), y si podría yo hacer algo para estimularle. Por eso me gustaría que mi aprendizaje sirviera para tranquilizar a todos esos padres y madres, especialmente primerizos, y futuros papás y mamás que, al igual que la gansa premamá, se sienten inquietos o incluso angustiados por si sus hijos harán ciertas cosas "cuando les toque".

   En primer lugar, aprendí que cada individuo se desarrolla de una manera y a un ritmo diferente, así que no se les debe comparar, y que las fases del desarrollo no se producen en momentos fijos. No existe una “edad normal” para echar los dientes, sentarse, hablar etc... El niño no es una máquina a la que mañana, que va a cumplir los 12 meses, le vaya a saltar un resorte que haga que empiece a andar de repente.

   Si bien es cierto que sí que existen enfermedades y trastornos, por ejemplo del habla, que cuanto antes se detecten más efectivos serán los tratamientos, pero no hay que dar por sentado que tu hijo los va a padecer. Se puede vigilar, pero sin preocuparse en exceso.

   Aprendí también que el hecho de se que alcance un “logro” de forma “prematura” o “tardía” no quiere decir que vaya a ser así con el resto del desarrollo. El niño que primero se pone de pie solito, puede que luego tarde muchos meses en sentirse preparado para soltarse a andar sin ayuda, o puede que tarde poco, depende exclusivamente de él.

   Mucho me costó entender y comprobar que la estimulación no es necesaria, y aunque mala tampoco es que sea, en exceso puede ser hasta contraproducente, si implica que estamos forzando al niño. He visto alguna criatura realmente agobiada por intentar comunicarle a su madre sus deseos, mientras ésta le ignora a drede y le dice “así no te entiendo, dilo bien” o “si me lo señalas con el dedito no te lo daré, me lo tienes que pedir bien”. Bueno, el tema del dedito da para mucho, sobre todo cuando a algún pediatra le da por meterse donde no le corresponde y hace creer a la madre que si hace caso a lo que su hijo le pide con el dedito, no aprenderá a hablar nunca y se comunicará con dedito toda la vida o algo así.



"Así no vas a aprender nuna E.T..."

   También sufro viendo bebés metidos en tacatás durante horas, a ver si así arrancan a andar antes, o padres convencidos de que estimulan a su hijo a tenerse erguido solo, y por tanto andar solito antes, forzándole a sostenerse sobre sus piernecitas temblorosas.

   Y todo esto os lo dice una que no es ni la más lista ni la más perfecta, que mi gansi también ha pasado sus buenos ratitos en el tacataca. He tenido y tengo muchísimas inseguridades y he cometido y cometo muchísimos errores. Sin ir más lejos, seguí el consejo de mi pediatra cuando me dijo que a los niños había que ponerles boca abajo, que así cogían fuerza y gateaban antes, pero mi gansi no lo soportaba, lloraba y chillaba, y yo cogía sus manitas y le decía con lágrimas en los ojos “tienes que aguantar, mi amor, es por tu bien”.

   Y aquí aprovecho para reafirmarme una vez más en mi máxima: Da igual si te lo dice un libro, el pediatra, tu madre o el Papa, si tu instinto de madre te dice que algo no está bien, no lo hagas.

   Otra cosa que aprendí es que el hecho de que un niño alcance un logro de forma “prematura” no es indicativo de que sea más inteligente. No se ha demostrado que ésto esté relacionado. Pero a todos los padres les hace ilusión que su hijo sea “el primero de la clase”, y piensan: “Mi hijo se sentaba solito con 4 meses, con 7 se ponía de pie y ahora con 9 meses ya anda... ¡va a ser un superdotado!”... pues miren ustedes, puede que sí, o puede que no, así que si al final es que no, por favor no se decepcione, su hijo lo notará. Y si finalmente uno termina descubriendo que su hijo, en efecto, es extremadamente inteligente, por desgracia, en esta vida, esto no le garantizará la felicidad ni el éxito.

   Y es que nuestros hijos no tienen por qué ser los mejores, ni los más listos, ni los más espabilados, ni los más exitosos, y no es justo someterles a la presión de que es esto lo que esperamos de ellos. Lo único que tendríamos que esperar de nuestros hijos es que fueran felices.


 "Pues yo con 6 meses ya hablaba 3 idiomas y bailaba El Lago de los Cisnes"